domingo, 11 de junio de 2017

Evocando un día de lluvia en nuestras vidas

Verano de 1999. Sábado 14 de agosto por la noche en una de las ciudades más bonitas que he visitado, Praga. Íbamos entusiasmados porque oiríamos música de Vivaldi y Bach en el patio de un palacete. La tarde se fue volviendo gris y brumosa lo que nos hizo temer lo peor, ¿se suspendería el concierto?. Con paraguas y chubasquero caminamos por esas maravillosas callejuelas de suelo adoquinado hasta llegar a nuestro destino. El lugar mágico, la música envolvente y justo cuando acabó de tocar la orquesta comenzó a llover; primero unas cuantas gotas que refrescaron nuestros encendidos y calurosos aplausos,  para tornarse más tarde en una copiosa lluvia que hizo que cada cual buscase un lugar donde refugiarse. Me molesta enormemente mojarme,  pero la visión de esta impresionante ciudad de noche bajo ese indómito aguacero hizo que nos atreviéramos a recorrerla olvidando que el agua nos calaría hasta los huesos. Decidimos pasear por el Puente de Carlos, lugar emblemático, misterioso y de una belleza espectacular. Sus impresionantes estatuas negras ya nos habían sobrecogido, pero bajo la lluvia nos pareció encontrarnos fuera de cualquier lugar visto hasta ese momento. Por mi cabeza pasaron rápidamente escenas de crímenes de las mejores películas en blanco y negro y  paseos de amantes furtivos guareciéndose al otro lado de la ciudad. La lluvia recorría las oscuras formas que dominan este puente. Por un instante creímos que iban a bajarse de sus pedestales o que alzarían sus cabezas hacia el cielo que competía en oscuridad con ellas. Momentos difíciles de describir bajo esa pertinaz lluvia, que en lugar de enturbiar aquella  lóbrega noche hizo que decidiera cerrar mi paraguas y disfrutar de aquel indescriptible paseo.  

                                                                                       Mercedes S.       

La lluvia para mí es mirar a través de una ventana y trasladarme a la casa donde vivía con mis padres recordando de forma divertida como, si la lluvia era abundante, caía en forma de cascada por unas escaleras que desembocaban perpendicularmente a esta calle, y creaba una especie de canal veneciano que a los niños nos divertía mucho. El caos que esto generaba, hasta que todo se normalizaba era una auténtica fiesta que nos mantenía totalmente distraídos además de estimular nuestra creatividad para concebir historias.
No nos importaba, incluso abrir los cristales y llegar a mojarnos, para oír el sonido del agua al caer, el de las riadas que generaba el paso de los coches y poder oler la tierra mojada de los jardines de la calle.
Más tarde, la lluvia se convirtió en melancolía. Esas tardes con amigos refugiados en un soportal, charlando mientras esperábamos a que nos dejara invadir otra vez las calles, que por aquel entonces eran nuestro lugar de encuentro.
La lluvia siempre es algo más que la propia lluvia…    
Laura
   
Describir  el recuerdo de un día lluvioso de mi vidas y las sensaciones que viví, está en mi  niñez, y la canción que creo la hemos cantado casi todo el mundo “Que llueva que llueva la virgen de la cueva….”
Siempre que escuchaba las gotas de lluvia golpeando la ventana, quería salir a la calle con mis botas de agua y mi chubasquero amarillo, el paraguas lo dejaba a posta, en el parque me esperaban mis amigas, pensábamos y decíamos muchas tonterías como cuántas gotas de agua caían en ese momento, lo que más nos gustaba era dar saltos en los charcos.
Lo que no soportaba ni soporto es la lluvia con los truenos, les tengo verdadero pánico, cuando pasa me pongo la música o la tele a tope. 
                                                                                                                                                  Manoli

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